Eso es algo que quizá cuesta comprender hasta que se vive: cuando pierdes a una mascota, no la pierdes una sola vez.

La vuelves a perder cuando llegas a casa.

Cuando encuentras su juguete.

Cuando llega la hora en que solías darle de comer.

Cuando haces algo que siempre provocaba una reacción y, por primera vez, no ocurre nada.

Cuando vas a salir y ya no tienes que despedirte.

Cuando regresas y nadie te espera de esa manera.

La ausencia empieza a aparecer exactamente donde antes vivía el amor.

Y quizá por eso duele tanto.

Porque no era solamente compañía.

Era una vida entrelazada con la tuya.

Estuvo ahí en días que probablemente ya ni recuerdas. En mañanas comunes. En noches largas. En momentos en los que estabas bien y en otros en los que tal vez no lo estabas.

No necesitaba saber qué te ocurría para acercarse.

No necesitaba entender tus palabras para reconocer tu voz.

No sabía de problemas, cuentas, separaciones, enfermedades ni preocupaciones.

Solo sabía que tú eras parte de su mundo.

Y, sin darte cuenta, también se había convertido en parte del tuyo.

Hasta que un día queda el silencio.

Y hay silencios que hacen muchísimo ruido.

Lo que quizá no esperabas era tener que explicar por qué ese silencio te duele tanto.

Porque mientras tú intentas acostumbrarte a una ausencia que todavía no sabes cómo habitar, el mundo continúa. Y no siempre sabe qué hacer con un duelo como este.

Alguien puede decirte que “era solo una mascota”.

Otra persona, intentando ayudarte, puede asegurarte que algún día tendrás otra.

Y tal vez ninguna lo diga con intención de lastimarte.

Pero duele.

Porque tú no estás llorando una especie.

Estás llorando un vínculo.

No extrañas “tener una mascota”.

Extrañas a esa.

Su manera de mirarte. Su personalidad. Sus pequeñas rarezas. La forma particular en la que buscaba estar cerca de ti. Todo eso que para cualquier otra persona podría parecer insignificante y que para ti era parte de alguien irrepetible.

Por eso “puedes tener otra” no siempre consuela.

Claro que puedes volver a amar.

Pero amar nuevamente nunca ha significado reemplazar a quien amaste antes.

Y aquí quizá haya algo que necesitamos aprender, incluso quienes nunca hemos vivido una pérdida así:

no tenemos que comprender un dolor para tratarlo con respeto.

No necesitamos decidir si a nosotros nos dolería igual.

No necesitamos compararlo con una pérdida que consideramos mayor.

Y mucho menos necesitamos explicarle a alguien cuándo debería dejar de llorar.

A veces la empatía comienza precisamente ahí:

cuando dejamos de medir el dolor ajeno con nuestra propia historia.

Quizá no sepas qué decir.

Entonces no digas demasiado.

“Sé cuánto significaba para ti.”

“Estoy aquí.”

“Cuéntame de tu mascota.”

Puede parecer poco.

Pero para alguien que siente que el mundo ya siguió adelante mientras todavía está aprendiendo a vivir con esa ausencia, que otra persona reconozca que ese amor existió puede significar muchísimo.

Hay duelos que el mundo considera pequeños porque nunca conoció el tamaño del vínculo.

Este artículo nació por ti.

Porque después de tu partida entendí que hay ausencias que no se explican: se aprenden a llevar.

Y que lo más difícil no es dejar de amar.

Es seguir amando cuando ya no puedes tocar, abrazar ni cuidar a quien amas.

A veces todavía quisiera encontrarte en algún lugar.

No para despedirme otra vez.

Solo para tenerte un momento más.

Te extraño, Lucca.
Más de lo que estas palabras pueden contar.

Que AWEN llegue a ti.